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ISSN 1989-4163

NUMERO 33 - MAYO 2012

 

Francesca Woodman en el Espejo Alucinante

Lalo Borja

Es difícil encontrar en tiempos modernos ejemplos de artistas que entraron en el territorio del mito no solo por lo poderoso de su obra como por su casi  imposible juventud.
Tenemos el ejemplo de Arthur Rimbaud, aquella alma atormentada que revolucionó la poesía de su tiempo antes de siquiera cumplir veintiún años.

En  mi caso particular conozco el de Andrés Caicedo, coterráneo y contemporáneo, amigo de amigos de mi juventud, quien habiendo declarado que la vida no valdría la pena vivirla después de los veinticinco años, se autoeliminó no sin antes dejar una obra literaria y crítica de importancia, encabezada por su novela emblema de toda una generación, Que Viva la Música.

Su obra se reedita con frecuencia y su vida es ejemplo para nuevos escritores y nuevas generaciones de jóvenes por encima de fronteras económicas y culturales en la América Latina de hoy.

El legado artístico que hoy nos ocupa es de un carácter totalmente diferente al de aquél relacionado con las letras. Es un legado fotográfico de gran poderío existencial, y filosófico, por no decir artístico, producido por una joven que se dedicó a crear una obra portentosa entre su adolescencia y los veintidós años, edad en que decide quitarse la vida por mano propia.

El autorretrato es una danza privada, un canto de melodía interna, un destello personal que responde a espejos interiores cuyo reflejo el artista ignora pero se empeña con denuedo en interpretar.

El resultado es casi siempre una alusión a fuerzas dispersas que pugnan por salir a flote en la representación física de una muda poesía espiritual.

El trabajo fotográfico de Francesca Woodman, (1958-1981) su tragedia al terminar su vida que apenas empezaba a germinar, es a partir de la fuerza interpretativa de su angustia un canto de alabanza a sirenas invisibles. Serían éstas las que en últimas terminarían por hacer de la joven artista una víctima más del hechizo de sus cantos.

Sus autorretratos son de una fuerza convincente y los produjo a un ritmo imparable desde muchas perspectivas. Ella se separa del mundo por voluntad propia en razón de asistir al auto-descubrimiento de su esencia artística.

Nacida en un hogar de artistas, de padre pintor y madre ceramista, empieza a producir su obra desde los trece años. En 1975 ingresa al Instituto de Diseño de Rhode Island, prestigiosa escuela de arte en la ciudad de Providence, capital de ese estado. Para esta época ya era una joven artista con un grado de madurez envidiable.

Todo lo que produce en los pocos años que anteceden su muerte está relacionado con su situación frente al mundo: su posición como artista, su vulnerabilidad en cuanto mujer, su respuesta intuitiva a aquello que perturba su ser, es incesante su búsqueda en cada obra que concibe.

En los escasos libros que existieron hasta hace pocos años, y en la gran cantidad de información que ha empezado a aparecer a raiz de la muestra actual en la Fundación Guggenheim de Nueva York (Marzo 16-Junio 13, 2012) asistimos atónitos a un testamento artístico poseso de una madurez alucinante. 

El espíritu existe antes que el objeto en su obra pero le es imposible separarse del todo. En ella vemos a la artista en variaciones interminables sobre un mismo tema; nunca aburridas, siempre interesantes por la continuada respuesta artística a los interrogantes que plantea la forma.

La muestra está sustentada por 120 obras de época y exhibe sus trabajos primarios de estudiante en el Instituto de Diseño de Rhode Island hasta sus tardíos experimentos antes de su muerte en la ciudad de Nueva York en 1981.

De igual manera se puede apreciar la evolución representativa de una época con la incorporación de otras formas de experimentación visual, a partir del uso de videos y procesos no-tradicionales, en la exploración artística de aquellos tiempos.

 
 

 

 

 


 

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